Joker y Relatos salvajes: Tecnologías narrativas para el reciclado de la presión social


Por Jada Sirkin



Todos tenemos una herida. Todos sufrimos la falta de reconocimiento del padre y la desilusión de la madre. Todos somos el Guasón.
Alejandro Lodi
El dramaturgo o el director teatral querría que los espectadores vean esto y sientan aquello, que comprendan tal o cual cosa y que saquen de ello tal o cual consecuencia. Es la lógica del pedagogo embrutecedor, la lógica de la transmisión directa de lo idéntico: hay algo, un saber, una capacidad, una energía que está de un lado –en un cuerpo o un espíritu– y que debe pasar al otro.
Jacques Rancière


Pensé que era tonto alegrarme porque otra persona tampoco se hubiera interesado por los relatos salvajes. Me dio una extraña satisfacción también cuando alguien me dijo: Joker no está tan buena. Me pregunto si no es tonto hablar de lo que no me interesa. ¿Para qué hablar de lo que no me interesa? Es que, tal vez, me interesa el desinterés. Me interesa (o me intereso por) el fenómeno del interés —por ejemplo, el del interés colectivo. ¿Por qué algunas cosas interesan tanto? ¿Por qué muchas veces no me interesa lo que tanto interesa? ¿Tengo una aversión personal por lo que está de moda? Si es así, ¿qué me muestra esa aversión? ¿Y qué nos muestra la moda?


Hablemos de las películas Relatos salvajes (2014) y Joker (2019). Relatos salvajes fue una película muy vista y celebrada —no solamente en Argentina, fue nominada a los premios Oscar. Joker fue una película ovacionada a nivel mundial y recibió muchos premios. Me tomó bastante llegar a ver las dos películas, y cuando llegué, lo hice sabiendo que en algún nivel me tendría que decepcionar. Entendí que la necesidad de la decepción podía tener que ver con la expectativa generada por millones de alabanzas. Es un lugar común: cuando te llenan (te llenas) de expectativas, después es difícil no decepcionarse. Es así, decían sobre las ficciones de Relatos salvajes, eso pasa, eso te pasa… Creo que la gente empatizaba con la narración de esa impotencia que nos lleva a estallar y a perder el control. ¿Quién no vivió una de esas situaciones en que la vida parece ponerse en contra de uno y llevarle a lo inevitable? La construcción narrativa no necesita grandes estrategias para encender la chispa —animales inflamables, no somos difíciles de encender. Como experiencia perceptiva, la película me proponía correr a la par de esos personajes desquiciados por las circunstancias —devenidos pura reacción, pura explosión o pura venganza. ¿Quién puede no identificarse con esa carrera sin estribos? ¿Quién no fue, alguna vez, pura reacción? ¿Quién podría no resonar con esos humanos “bestializados” por la presión social? ¿Quién no es un poco ese Joker humillado por las diferentes formas de la autoridad sociocultural? ¿Serán éstas nuevas versiones de las vengativas Criadas? Los esclavos se vengan del abuso de poder de sus señores. Supongo que todavía necesitamos narrar (vivir) esa revolución.


Si pensamos que estas narraciones surgen de esa necesidad, podemos decir que son narraciones de supervivencia: vienen a dar voz a una necesidad de expresar (sacar, des-contener, liberar) algo específico —un descontento, una insatisfacción, una incomodidad, una angustia, un sufrimiento. El nivel de popularidad y adhesión de estas narraciones podría hablarnos del nivel en que individuos y colectivos sociales necesitan canalizar (eyectar) una energía contenida. El carnaval sirve, entre otras cosas, para descargar esa electricidad acumulada durante el año de trabajo y esfuerzo. El carnaval es como una eyaculación, el carnaval es como una venganza.


La pregunta podría ser qué buscamos en una experiencia narrativa —en una ficción, en una película, en eso que llamamos arte. ¿Buscamos eyacular? ¿Buscamos venganza? ¿Buscamos algo? Si no buscáramos algo específico, la experiencia ni nos lo daría ni no nos lo daría —no podría ni darnos ni no darnos lo que no buscamos. Si sí buscamos algo, aunque sea inconscientemente, la experiencia nos lo da o no. Encontramos o no encontramos lo que estábamos buscando; por complacencia o por frustración, las experiencias artísticas pueden revelarnos que estábamos buscando algo que ni sabíamos que estábamos buscando. Descubrir una necesidad oculta (un mito escondido) es una revelación. Para que tal revelación tenga lugar, la narración hurga con precisión quirúrgica. El bisturí narrativo es delgado, filoso y lineal. Con Joker y con Relatos salvajes, no nos queda mucho más que aceptar o rechazar la operación.


La operación narrativa busca el quiste, la acumulación, como si la presión social fuera una grasa que se endurece en algún rincón de nuestra psiquis. Que las operaciones no nos afecten no quiere decir que no tengamos enquistamientos. Diferentes sensibilidades son afectadas de diferentes maneras por diferentes experiencias —diferentes sensibilidades usan diferentes experiencias para afectarse. En mi caso, por ejemplo. estas dos películas no me funcionaron mucho como herramienta catártica de liberación. Eso no significa que no haya en mí acumulaciones de grasa social. Hay. Lo que pasa, tal vez, es que en las películas busco otra cosa —no solamente otra cosa, es cierto, también disfruto cuando las películas producen en mí ese efecto quirúrgico (emocional, catártico). Pero creo que no lo disfruto (y no lo permito) cuando ese efecto es el principal efecto buscado, casi explícitamente, o explícitamente, por la propuesta. Creo que dejo que ocurra cuando hay también otras cosas, cuando hay espacio para otras lecturas, movimientos, desplazamientos creativos. Claro que en Joker podía disfrutar los colores, la música, la actuación, lo que sea, pero la película estaba construida de tal modo que, en relación con mi estructura lectora, lo que se percibía, muy en primer plano, demasiado en primer plano, era la producción (o el intento de producción) de ese efecto preciso. Ante la percepción/interpretación de que me estaban invitando a algo demasiado específico, mi sistema se contrajo. Supongo que me gusta más (o me sirve más) cuando esos movimientos emocionales tienen lugar dentro de una red de efectos más compleja y más sutil. Supongo que es muy personal, y muy de cada momento. Hay días para ver las de llorar, hay días para ver las de reír, hay días para ver las de no saber cómo reaccionar.


En cuanto a Relatos salvajes, me apena que se use la palabra salvaje para nombrar algo tan humano, demasiado humano —tan humano que shakespeareano. Esas formas de la venganza más o menos calculadas, esos desquites violentos, esos venenos, esas trampas, esas saldadas de cuentas, esos viejos resentimientos en estallido, ¿a eso le llamamos salvajía? Mientras escribo estas líneas, veo un conejo por la ventana. Está justo al borde del bosque. Es gris y tiene el color del día —me dicen que estos conejos tan grises salen cuando hay niebla. Me emociono y llego a pensar que tal vez son los conejos grises los que crean la niebla, para poder salir camuflados. Ya sé que los conejos son escurridizos y no dan mucho tiempo. Aun así, agarro el celular y busco la cámara. En ese tiempo que me toma llegar a la función video, el conejo se sumerge entre los árboles. Mierda, digo, me perdí de ver unos segundos más de conejo por ir en busca del registro. ¡Eso sería lo salvaje!, pienso después. No el conejo, no el bosque, sino esa imposibilidad de capturar lo escurridizo, esa imposibilidad de discernir qué es niebla y qué es conejo, esa indistinción.


En cuanto a Joker, pienso que el movimiento psíquico que significa poner la atención en el lado del villano no es poca cosa. Si siempre narramos desde el lado del héroe, pasar al otro lado sigue siendo un gesto importante de balance. Desde este lado, del lado del “mal”, el pequeño Bruno es percibido como parte del universo de privilegiados que humillan al pobre humorista —el payaso no es reconocido por su padre, ¿quién no celebra entonces que se mate al padre? Es humillado por la persona que admira, ¿quién no celebra el destino del cerebro de de Niro? ¡La ficción nos permite celebrarlo! Nos permite ese consuelo que implica la venganza, el desquite, el ajuste de cuentas, la inversión de jerarquías. Aunque sea por un momento, agradecemos esa sangre derramada. Las figuras de autoridad, los tiranos, los culpables del sufrimiento del payaso (del loco, del creativo) deben morir.


La venganza es casi un género narrativo. Muchas narraciones se estructuran sobre esa búsqueda del equilibrio manifestada por la devolución del golpe. Me han golpeado tanto, ahora es mi hora de golpear. Y cuando lo haga, lo haré el doble de fuerte. La historia humana podría pensarse como un dominó de venganzas, una avalancha de ajustes de cuentas. Ese modo de funcionar es encantador y lo prueba el encanto que nos producen esas narraciones.


No es difícil reconocer que la dinámica del ajuste de cuentas a largo plazo no es saludable ni sustentable. Lo que me pregunto no tiene que ver con esa dinámica en la vida, sino en la ficción narrativa. Me pregunto si estas narraciones, que funcionan como desahogo catártico y drenaje de los quistes de presión social, en alguna medida sostienen y reproducen la propuesta perceptiva que da contexto de posibilidad a la formación de esos quistes. Hace unos días alguien me propuso pensar que la filosofía del reciclado, en algún nivel, puede promover, justificar o sostener, aunque sea inconsciente e involuntariamente, que se siga produciendo, por ejemplo, todo el plástico que se produce. Sigamos produciendo en exceso, total después reciclaremos. No que el reciclado no sea importante. No que no sea importante contar con estas tecnologías narrativas para el reciclado de la carga psíquica social, aquí solo proponemos preguntarnos por qué necesitamos esas tecnologías, y en qué medida esas tecnologías justifican o sostienen la existencia de los contextos que les dan razón de ser. En algún nivel, la narración lineal y unívoca funciona del mismo modo que la gramática sociocultural autoritaria y coercitiva. La narración lineal genera una presión. Para seguir el hilo, hay que recortar la lectura —las lecturas. La narración lineal crea esa presión con el objetivo de alcanzar, en algún momento, si todo va bien, el estallido orgásmico de la catarsis. Es placentero ver al payaso humillado finalmente desatado (finalmente desatado) haciendo su bailecito desarticulado y antisocial sobre el auto en llamas —sobre una sociedad en llamas. Me pregunto por la naturaleza de ese placer. Me pregunto cuán ecológica es la catarsis.


Lo que me devuelve a la pregunta: ¿tiene sentido cuestionar la existencia de algo que tiene una función o una razón de ser? ¿Tiene sentido cuestionar la función catártica de reciclado de algunas experiencias narrativas? Tal vez sí, tal vez no. Tal vez el llamado sea a no confundir las funciones de las cosas. Si el cuerpo individual/colectivo necesita aliviar tensiones, encontrará la forma de hacerlo. Sea con el cine o con el carnaval, sea con el sexo o con el alcohol, sea con un grito o con un tiroteo, las acumulaciones de potencial eléctrico encuentran la manera de precipitar. Tal vez entonces lo más ecológico sea asumir que las cosas son como son. Asumir que las cosas son como son no implica, sin embargo, eliminar del tablero de juego toda mirada crítica acerca de cómo son las cosas. Es cierto, si hay inercia, tarde o temprano tiene que haber choque. Las curvas del destino se vuelven más y más pronunciadas para que el sistema, tarde o temprano, reconozca su avanzar inerte —su piloto automático. Aceptar este hecho no implica negarnos la posibilidad de reconocer que la pronunciación exagerada y dolorosa de la curva es una tecnología del destino (del sistema adentro/afuera) cuya principal función es que el adentro (la identidad) reconozca sus inercias, sus automatismos y sus maneras de crear afueras (basura). Esta fue de las cosas más reveladoras que me han dicho en mi vida: la basura es un invento.


Son inercias y automatismos lo que nos lleva a acumular carga, tensión y basura. La tensión es el intento porque eso que inventamos en tanto basura no quiera entrar de vuelta en el jardín organizado de la identidad. Aunque sea secretamente, son inercias y automatismos lo que nos lleva a crear destinos chocantes. La curva, el árbol, el poste, el carnaval, el reciclado, la película, están ahí para que choquemos, para que descarguemos. La resaca es el signo (el sobrante) de una experiencia de descarga tal vez no tan (idealmente) ecológica. La ecología ¿puede ser un ideal? Si embriagarnos es lo mejor que podemos hacer, pues adelante. Si producir en exceso y después reciclar es lo mejor que podemos hacer, pues adelante. Si ver películas encantadoras es lo mejor que podemos ver, pues adelante. Lo que sí debemos (o podemos) saber es que este tipo de experiencias, a la vez que nos ayudan a descargar, nos anestesian y nos lesionan. Decir que ver una película puede lesionarnos tal vez suene a mucho. Decir que puede anestesiarnos es más aceptable. La anestesia, en cualquier caso, ¿no es una manera suave de la lesión? La anestesia ¿no lesiona sensibilidad? De la necesidad de narraciones lineales y encantadoras queda mucho por decir. Por ahora, esta pregunta: ¿necesitamos lesionar sensibilidad para aliviar la tensión/basura acumulada por la inhibidora vida sociocultural? Sí y no. Tal vez todas estas palabras encuentren su síntesis en eso: sí y no.



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